cartas

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martes, 11 de octubre de 2011

capítulo IX: resentimiento

Alicia los vió y se dió la vuelta. Las lágrimas no dejaban de salir de sus ojos.¿Cómo había podido Ester hacerle eso? ¿Cómo había estado tan ciega y no había visto lo que pasaba?. De pronto había entendido todo, aquellas miradas entre los dos, aquellas risitas cuando alguna vez ella tenía que ausentarse por unos instantes y les dejaba solos. - Seré tonta- exclamó para sus adentros, -por eso me decía que era un capullo que no me merecía- Menuda zorra.- Nunca volveré a dirigirle la palabra.


-Estás guapísima hoy Ester-exclamó Rubén cuando sus ojos se posaron sobre la muchacha rubia.- Pareces una princesa- Ester sonrió ruborizada por los piropos que el muchacho le propiciaba, ajena a que unos metros atrás alguien la observaba y a que Alicia había descubierto su secreto. Por unos instantes lo había olvidado, había olvidado su plan y su traición. Un plan que tal y cómo lo había planeado estaba dando resultado, estaba segura de que aquella noche terminaría por seducirlo o al menos eso esperaba. Sabía que más tarde o más temprano alguien descubriría lo que había hecho y entonces Alicia no tardaría en saberlo.

Rubén ni siquiera había pensado en eso. Él sabía que aquella chica era un blanco fácil. Alicia nunca lo había sido, en realidad nunca le había gustado demasiado y por lo tanto le daba igual lo que ella pensara de aquello. Él iba a su bola, era un egoísta y no sentía la más mínima compasión por ella, en realidad ni por ella ni por nadie. Sólo quería sacar lo que pudiera de aquella situación, ni loco pensaba volver a adentrarse en una relación con nadie. Le gustaba mucho más ir de flor en flor, picoteando hoy de aquí y mañana de allí, las relaciones serias no eran de su agrado. Demasiado compromiso, demasiada responsabilidad, él solo quería divertirse y con esa finalidad había quedado con Ester.

 Alicia llegó a casa y entró pegando un fuerte portazo al cerrar la puerta tras ella. Por suerte su padre no estaba en casa. Mejor no tenía ganas de explicar aquello. Entró en su cuarto dispuesta a saciar su dolor de la forma que fuera posible. Necesitaba desahogarse de alguna manera. Se subió a una silla y empezó a tirar al suelo todos los álbumes de fotos que tenía y buscando cómo una loca deshechar aquel insoportable dolor de su alma, buscó todas las fotos que tenía con Ester y con un mechero empezó a quemarlas. Con lágrimas en los ojos vió como una a una aquellas fotos se consumían por el fuego, tal y como se había consumido una amistad de años, hasta no quedar más que unas escasas cenizas.

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